Los santos apóstoles Pedro y Pablo

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Cada 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles, recordamos a estos grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, hacemos una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Ante todo es una fiesta de la catolicidad. El culto de los santos apóstoles Pedro y Pablo se remonta a los orígenes mismos de la Iglesia. Padres de ésta en la fe seguirán siendo por siempre sus protectores y sus guías. Roma les debe su verdadera grandeza; es la dirección providencial de Dios la que les ha guiado a ambos para hacer de la capital del imperio, santificada por su martirio, el centro del mundo cristiano, desde el cual irradiaría la predicación del evangelio.

Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ( Mt 16,16).

Aceptó con humildad su misión hasta el final, hasta su muerte como mártir. Su tumba en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es meta de millones de peregrinos que llegan de todo el mundo. Sufrió el martirio bajo Nerón, el año 66 o 67. Fue enterrado en la colina del Vaticano, donde excavaciones recientes han descubierto su tumba, en el lugar mismo de la basílica edificada en su honor por Constantino.

Pablo, el perseguidor de Cristianos que se convirtió en Apóstol de los gentiles, es un modelo de ardoroso evangelizador para todos los católicos porque después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.  Fue decapitado en la vía Ostiense, en el lugar en que se levanta la basílica que lleva su nombre.

En el transcurso de los siglos las muchedumbres cristianas no han cesado de peregrinar a las tumbas de los dos grandes apóstoles. Ya en el siglo II y III venían a instruirse, al contacto con la Iglesia romana, a comprobar su apostolicidad, a comparar su doctrina infalible con la de las otras iglesias y a honrar la memoria de san Pedro y san Pablo.

La misa del 29 de junio expresa la confianza de la Iglesia en la intercesión de «aquéllos por quienes recibió las primicias de la fe» (oraciones).

Pone particularmente de relieve las prerrogativas de Pedro (evangelio), la protección especial de Dios sobre su persona (introito, epístola) y saben muy bien todos los cristianos, al cantar el «Tu es Petrus», que las prerrogativas del príncipe de los apóstoles han pasado a los papas, sucesores de Pedro en la Sede de Roma, como también están seguros de la particular providencia de Dios, que hasta el fin del mundo continúa asistiendo al vicario de Cristo en sus funciones de jefe de la Iglesia.

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