El espíritu combativo es una de las cualidades que más ha caracterizado a la cristiandad, lamentablemente a lo largo de los siglos y de forma paulatina, la cizaña de la revolución ha ido penetrando cada vez más en el espíritu del ser humano, logrando así avanzar sin encontrar mayor resistencia en aquellos a los que se ha propuesto destruir. Con gran tristeza vemos hoy cómo los hijos de quienes alguna vez fueron aguerridos defensores del catolicismo fundador de la civilización occidental, se van convirtiendo en caricaturas de lo que alguna vez fueron sus padres, o peor aún, en sus enemigos.

Son muchos los católicos que, engatusados por falsas esperanzas, terminan enredados en los tentáculos revolucionarios del comunismo, del socialismo, del liberalismo, del totalitarismo y de muchos otros ismos que no son más que distintas manifestaciones de la misma explosión de orgullo y sensualidad, es decir, la Revolución, cuya causa última la encontramos en el non serviam demoníaco. Podemos ver cómo se manifiesta en distintas corrientes y sistemas ideológicos enquistados en instituciones, costumbres, modos de ver, sentir y pensar del hombre de hoy.

Vemos cómo a lo largo de la historia el orgullo revolucionario ha conducido al odio de toda superioridad, como si toda desigualdad fuera mala en sí misma, ensañándose sobre todo contra el orden metafísico y religioso. Del mismo modo la sensualidad en su desenfreno siempre ha pretendido derribar toda autoridad y toda ley, sea divina o humana, eclesiástica o civil, su único fin es imponer la libertad absoluta sobre el orden establecido por Dios, por esto se dice que la Revolución, a partir del orgullo y la sensualidad, es igualitaria y liberal.

Orgullo y sensualidad inspiraron todas las revoluciones. La pseudo – reforma hace su aparición como primera gran revolución implantando el espíritu de duda, el liberalismo religioso y el igualitarismo eclesiástico. Más tarde, la Revolución francesa logró el triunfo del igualitarismo en el campo religioso con el ateísmo laicista y en el campo político con la falsa máxima de que toda desigualdad es una injusticia, toda autoridad un peligro y la libertad el bien supremo. Más cercano a nuestros días aparece el comunismo como la transposición de estas máximas al campo social y económico. Hoy vemos cómo la revolución sigue persistente en su marcha infatigable ensañándose cada vez más contra todo aquello que esté relacionado a la civilización cristiana, yendo incluso en contra del mismo orden natural; capaz de penetrar in interiore homine y de revolucionar no sólo el cuerpo social, sino también al mismo cuerpo humano, a propósito de las aberraciones morales que incluso forman parte de políticas públicas sujetas a agendas que hasta hace unos cuantos años solo cabían en mentes enfermas y pervertidas por el vicio.

 Si el enemigo avanza es porque no encuentra oposición suficiente que la detenga. Respondiendo a esta terrible situación es como se forja Traditio Invicta, una asociación civil destinada a fomentar la doctrina y cultura católica, como promover y sostener la acción apostólica informando el orden temporal. Aunque no es una institución religiosa, responde a lo propuesto por el derecho canónico cuando establece que los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para fomentar la vocación cristiana en el mundo.

Traditio Invicta es entonces una organización constituida por fieles militantes cuyos ideales, preferencias y actividades gravitan en torno al ideal católico de la instauración del Reinado Social de Cristo, o sea la civilización cristiana, austera y jerárquica, fundamentalmente sacral, antiigualitaria y antiliberal. Este ideal es el que nos obliga a tener una sólida vida espiritual católica, impregnada toda ella de la devoción a nuestra Señora, María Santísima, quien nos facilita una constante ascensión hasta las mismas cumbres de la santidad motivándonos a hacer nuestras las palabras del Papa San Pio X cuando dijo:

“No se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo

 Frente a la Revolución que tiene siglos atacando y destruyendo todo un legado de instituciones, doctrinas, costumbres, modos de ver, sentir y pensar cristianos, es decir, aquella identidad católica, fundamento y fermento del orden temporal, recibida de nuestros mayores y que para hoy casi agoniza, Traditio Invicta se erige como defensora de las buenas tradiciones, principalmente las cristianas, tradiciones que a pesar de haber sufrido tantísimos ataques siguen en pie, de allí que Traditio Invicta, Tradición Invencible, sea nuestro nombre.