¿Cuántas veces nos han llamado fascistas a los católicos solo por defender lo bueno y verdadero? ¿Cómo voy a decir que no soy algo si no sé qué es ese algo?

Introducción

Podríamos preguntarnos ¿Por qué tratar sobre una palabra con una carga tan negativa en nuestros días? Es decir, hace varias décadas atrás (entre los años veinte y cuarenta más o menos) era un tema de discusión candente, o se era a favor o se era en contra, una suerte de polarización donde la falacia de falsa dicotomía reinaba en cualquier contienda política; en los últimos años, ya con menos apasionamientos, siendo que casi nadie pretende llamarse fascista, han aparecido algunos estudios serios y muy sesudos sobre lo que comporta este tema, sin embargo, no es lo que encontramos en la mente del ciudadano de a pie cuando le preguntamos qué entiende por fascista ¿Qué entiende entonces? Aquí es donde aparece el quid del asunto; quienes hoy en día enarbolan esta palabra en sus discursos, no lo hacen para especificar lo que en verdad es el fascismo, lo hacen para exteriorizar el peor insulto que se les podría venir a la mente ¿Quiénes? Todos los militantes de la revolución cultural, entre los que destacan los de corte marxista, aunque los liberales no se quedan atrás tampoco. Siendo que en casi todos los países son los que dominan a su antojo el cuarto poder, después de tantos años, la palabra “fascista” nos es muy familiar por ejemplo al momento de defender la vida, al momento de oponerse a la despenalización de las drogas, del aborto libre, de la ideología de género o de simplemente defender las tradiciones que nos identifican como pueblo, para el revolucionario de hoy todos somos “fachas” ¿Quiero defender entonces el fascismo? No, quiero sacudirme de esta palabrita aclarando lo que en verdad es, ya que son muchos los jóvenes imberbes que, en su ímpetu e ingenuidad juvenil, abrazan como bueno todo aquello que para el establishment es peyorativo, es decir, tienen más o menos el siguiente razonamiento: como los “progres” odian tanto al fascismo y llaman fascista a todo aquel que defiende cosas buenas como la vida y la familia, seguro el fascismo es bueno, defendámoslo. A esto se le suman algunos videos de las filas hitlerianas colgados en YouTube, un par de libros revisionistas y un infaltable viejo medio loco que funge de líder intelectual y espiritual. Así tenemos entonces como resultado varios grupillos supustamente fascistas que aparecen y desaparecen sin mayor gloria que haber levantado un poco de arena entre los panfletos y medios progresistas de medio pelo. Curiosamente este esquema se repite en varios países de Sudamérica. 
Ya sea para que no nos llamen fascistas o para no terminar pensando que lo somos, es necesario dejar clara la idea de lo que es el fascismo en los puntos que a los católicos más nos interesan.

Concepto

A finales de 1914, Mussolini, creó los primeros grupos de acción llamados fasci buscando la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial; más adelante, en 1919, fueron transformados en fasci di combattimento con miras al poder. Así surge en español el epíteto “fascista” y el sustantivo “fascismo”. Así entonces, por fascismo se entiende el ideario político de los fasci. Para comprender mejor en qué consistía el fascismo es necesario recoger algunos detalles de la vida de su creador Benito Amilcare Andrea Mussolini, ya que él mismo dirá en La dottrina del Fascismo que hasta 1919 no había en él ningún plan doctrinario, el camino se hizo al caminar. Pero ¿Quién era este hombre que se abrió paso entre los demás en busca del poder?

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Símbolo de los fasci di combattimento

Mussolini el socialista

El nombre «Benito Amilcare Andrea» fue decidido por su padre, un líder local socialista, en memoria de Benito Juárez, revolucionario reformista y expresidente de México; de Amilcare Cipriani, reconocido socialista italiano; y de Andrea Costa, primer diputado socialista elegido en el parlamento italiano. Desde niño tuvo un marcado problema de violencia, algo que le ganó la expulsión del colegio más de una vez.

Fue un socialista militante desde temprana edad, para el año 1900 ya estaba inscrito en el Partido Socialista Italiano. El 9 de julio de 1902, tras concluir el año escolar, se trasladó a Lausana donde se inscribió en el sindicato de albañiles y obreros. Luego fue nombrado secretario y publicó su primer artículo en el periódico L’Avvenire del Lavoratore («El Porvenir del Trabajador»). En Suiza, tras escapar del servicio militar obligatorio fue expulsado dos veces; en 1903 fue arrestado por agitador socialista. En su último arresto por falsificar su permiso de permanencia salió libre gracias al auxilio de algunos socialistas y anarquistas del Cantón Ticino.

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Mussolini arrestado

Colaboró como periodista en diarios locales de inspiración socialista (como Il Proletario). Se alinearía con el ala revolucionaria del partido socialista, liderada por Arturo Labriola y envió correspondencia al periódico milanés Avanguardia socialista. En este período muestra su mayor cercanía ideológica con el sindicalismo revolucionario.

En 1904 conoció y comenzó a colaborar con la activista socialista Angélica Balabanova y discutió con el pastor evangélico Alfredo Taglialatela sobre el tema de la existencia de Dios (las opiniones que vertió en estas discusiones serían publicadas luego en el opúsculo L’uomo e la divinità, allí expone su profundo ateísmo). Ese año retornó a Italia tras la amnistía que se dio a quienes habían huido del servicio militar obligatorio con motivo del nacimiento del heredero del rey.

Dirigió el semanario socialista La lima con el seudónimo de «Vero Eretico». Tras volver a Predappio, Mussolini se puso al frente del paro de los trabajadores agrícolas y el 18 de julio de 1908 fue arrestado por amenazar a un dirigente de las organizaciones patronales. Procesado sumariamente, fue condenado a tres meses de cárcel, pero fue puesto en libertad provisional después de quince días. En septiembre del mismo año fue encarcelado de nuevo por diez días por organizar en Meldola unas elecciones no autorizadas. Más adelante Mussolini publicó en Pagine libere (‘Páginas libres’) —una revista del sindicalismo revolucionario editada en Lugano y dirigida por Angelo Oliviero Olivetti— el artículo «La filosofia della forza», donde hace referencia al pensamiento nietzscheano.

En 1910 publica la repudiable novela anticlerical Claudia Particella, l’amante del cardinale Madruzzo. El 23 de agosto participó en el congreso socialista de Milán. Ese año fue nombrado secretario de la federación provincial de Forlì y poco después se convirtió en editor del semanario La Lotta di Classe («La Lucha de Clases»).

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Novela de Benito Mussolini

El 11 de abril de 1911, la sección socialista de Forlì, guiada por Mussolini, votó la autonomía del PSI. En mayo del mismo año publicó un ensayo titulado «El Trentino visto por un socialista», en el periódico Quaderni della Voce. En octubre fue arrestado, procesado y condenado a un año de cárcel por participar, junto a Pietro Nenni, en una manifestación contraria a la guerra iniciada por Italia contra el Imperio otomano por la posesión de la Cirenaica y Tripolitania, que concluyó con actos de violencia con la policía. Ya fuera de la cárcel, la victoria del ala radical del Partido Socialista Italiano (PSI) en el Congreso de Reggio Emilia, celebrado en 1912, le proporcionó a Mussolini mayor protagonismo en el seno de la formación política, que aprovechó para hacerse cargo del periódico milanés Avanti!, órgano oficial del partido socialista.

Aunque tras el estallido de la Primera Guerra Mundial en principio se mostró conforme con el apoyo a la neutralidad italiana del PSI, pronto fue cambiando de postura hasta que el 18 de octubre publicó en Avanti! un artículo titulado «De la neutralidad absoluta a la neutralidad activa y operativa» donde dejaba clara su oposición, lo que provocó, tras una reunión al día siguiente de la ejecutiva del partido, su dimisión de la dirección del periódico y su expulsión del partido un mes después. Poco después, el 10 de noviembre, en una entrevista publicada en el periódico boloñés Il Resto del Carlino, ligado a intereses empresariales azucareros, Mussolini anunció su intención de fundar Il Popolo d’Italia, un periódico de línea intervencionista y nacionalista que en 1922 se acabaría convirtiendo en el órgano oficial de su régimen.

A su vuelta del frente, aprovechó bien el descontento general que había por parte de la sociedad italiana frente a las pocas ventajas que obtuvo Italia del Tratado de Versalles y que se manifestaba mediante huelgas y protestas de obreros, campesinos y veteranos. De este descontento nacen los fasci. Ciertamente no nacieron como doctrina, según declara el mismo Mussolini, pero la marcada doctrina y militancia socialista de su líder fue la que funcionó como principio rector de las acciones que le abrieron paso en su búsqueda del poder.


Benito Mussolini en el año 1917 en la Primera Guerra Mundial.

Del socialismo internacionalista al socialismo nacionalista

Durante la primera guerra mundial, Mussolini vio que no tenía que refundar el socialismo con el carácter internacionalista del marxismo como lo estaba haciendo Lenin, su visión novedosa giraba en torno al nacionalismo. Esta visión era más moderada en cuanto que no buscaba destruir la nación, como su hermano internacionalista, y toleraba la propiedad privada de las clases medias, ya que, a diferencia de su hermano ruso, no se enfocaba en todo capitalismo sino más bien en el capitalismo de los oligopolios. Todo esto, claro está, sin renunciar a la dialéctica socialista que buscaba controlar estatalmente la economía y al pueblo de forma totalitaria. Como podemos ver, ambos socialismos se inspiraban en los métodos revolucionarios que habían llevado a Lenin y a los bolcheviques a la toma del poder y a la creación del primer estado socialista. De hecho, se cuenta que cuando Bombacci viajó a la URSS para participar en la revolución bolchevique trabó amistad con el propio Lenin que le diría en una recepción en el Kremlin aquellas famosas palabras acerca de Mussolini: “En Italia, compañeros, en Italia sólo había un socialista capaz de guiar al pueblo hacia la revolución Benito Mussolini.”

El mismo Mussolini dirá en una entrevista a una periodista extranjera que su primer socialismo buscaba la eliminación de las naciones para ser coherentes con el discurso igualitarista, una pretensión que se vino abajo ante el nacionalismo que cundió en la I Guerra Mundial:

Durante toda mi vida yo fui un socialista internacionalista. Cuando estalló la gran guerra vi que todos nuestros partidos que eran internacionalistas se convirtieron en socialistas nacionalistas. Eso me pasó a mí y eso es el fascismo”.

Mussolini miembro del Partido Socialista Italiano
Mussolini miembro del Partido Socialista Italiano

Fue esa aparente oposición a la izquierda de entonces (socialista internacionalista o comunista) la que le ganó el favor de los grandes terratenientes e industriales (quienes se identificaban como derecha), así Mussolini logró salir electo diputado en las elecciones de mayo de 1921. El mismo fenómeno aconteció luego con la Alemania de Hitler, de quien hablaremos en otro momento. Es en parte lo que se conoce como “falsa derecha”, aquella estrategia de fraude metapolítico que aprovechándose de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” buscan sustituir iniciativas políticas auténticas de restauración del orden y reemplazarlas con fuerzas políticas que el sistema puede manejar. En este caso concreto, si los acaudalados italianos hubiesen sabido que estaban apoyando a un futuro régimen totalitarista, estatista y socialista lo más probable es que al menos lo hubieran pensado dos veces antes de arriesgar su capital.

Incluso en sus últimos días, Mussolini no solo se reafirmaba como socialista y anticapitalista sino que se identificaba como de izquierda y que veía a la derecha como su mayor enemigo por delante del “peligro rojo”:

Nuestros programas son definitivamente iguales a nuestras ideas revolucionarias y ellas pertenecen a lo que en régimen democrático se llama “izquierda”; nuestras instituciones son un resultado directo de nuestros programas y nuestro ideal es el Estado de Trabajo. En este caso no puede haber duda: nosotros somos la clase trabajadora en lucha por la vida y la muerte, contra el capitalismo. Somos los revolucionarios en busca de un nuevo orden. Si esto es así, invocar ayuda de la burguesía agitando el peligro rojo es un absurdo. El espantapájaros auténtico, el verdadero peligro, la amenaza contra la que se lucha sin parar, viene de la derecha. No nos interesa en nada tener a la burguesía capitalista como aliada contra la amenaza del peligro rojo, incluso en el mejor de los casos ésta sería una aliada infiel, que está tratando de hacer que nosotros sirvamos a sus fines, como lo ha hecho más de una vez con cierto éxito. Ahorraré palabras ya que es totalmente superfluo. De hecho, es perjudicial, porque nos hace confundir los tipos de auténticos revolucionarios de cualquier tonalidad, con el hombre de reacción que a veces utiliza nuestro mismo idioma”.

Alejamiento del II Internacional Socialista. Nacimiento del Komintern

Como ya recordaba el preámbulo de los primeros estatutos de la Internacional Comunista, los antecedentes de ésta se remontan a la Asociación Internacional de los Trabajadores, fundada entre otros por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres, en 1864, que por primera vez en la historia agrupaba a los trabajadores de distintos países. Tras la desaparición de esta Primera Internacional en 1876, Friedrich Engels promovió la creación de una Segunda Internacional, creada en París en 1889, que agrupó a los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas, formando un amplio bloque internacional de partidos de izquierda, adheridos todos en mayor o menor grado a las doctrinas del socialismo.

Tanto el socialismo radical internacionalista de Lenin como el socialismo radical nacionalista de Mussolini son hijos de un mismo tronco, son consecuencia del incumplimiento con    los partidos socialistas europeos agrupados en la II Internacional Socialista, que cayeron en la exaltación nacionalista al no seguir la consigna del “internacionalismo proletario” que exigía la oposición militante de los partidos socialistas contra “la guerra imperialista” y participación de los obreros en ella independientemente de su nacionalidad.

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Fotografía de Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin

Lenin militó en un primero momento en el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso; tras el triunfo de su revolución de 1917, alentó la creación de nuevos partidos socialistas marxistas e internacionalistas que adoptaron el epíteto de “comunistas” y que más adelante se agruparán en torno a la III Internacional, llamada Internacional Comunista o Komintern. Por su parte, Mussolini formará el Partido Nacional Fascista Italiano que luego servirá de inspiración a Hitler y al resto de partidos nacional – socialista. De estas dos grandes vertientes del socialismo y detractores de la II Internacional socialista, la ventaja la tenía Lenin por el impacto mundial que tendrá al haber creado el primer estado socialista del mundo. Tal es así que servirá de modelo a los nacional – socialistas en cuanto a métodos revolucionarios y organización totalitarista. Al igual que los bolcheviques tendrán cuadros políticos entrenados y adoctrinados, una organización de milicias,  la toma del poder a través de las elecciones y/o de la revolución (nacional,  en  este  caso),    la  creación  de  un  estado  de dictadura totalitaria, la prohibición de los demás partidos políticos, la militante oposición al liberalismo, la creación de un sindicato paralelo, o la implementación de toda una serie de derechos laborales para los trabajadores como La carta del lavoro, etc.

Curiosidades y cosas en común

Al igual que Mussolini, Hitler se identificará como socialista hasta el final de sus días. Curiosamente el nombre que le pusieron en 1943, entre Mussolini y Hitler, a la media Italia aún no invadida por los aliados fue el de “República Social Italiana”; otro dato curioso que tienen los nacional-socialistas es el tratarse entre ellos como “camaradas” al igual que los comunistas; o que la marca de automóviles creada  por Hitler se llamase Volkswagen, que en alemán significa literalmente “coche del pueblo”, creada por el estado social alemán para fabricar un coche económico para el pueblo. Aunque esto último pertenece más al corporativismo económico que aplicó Hitler y que nada tiene que ver con el socialismo, corporativismo que le trajo grandes resultados económicos a una Alemania destruida, pero de esto mejor tratar en otro momento.

Otra cosa curiosa es que con Stalin el régimen comunista adoptó como política el trabajar en un solo país por su derrota en los demás países europeos, alejándose así de la revolución permanente de Trotsky y cayendo en una suerte de nacionalismo ruso, contradiciendo lo establecido en la Komintern.  De hecho, durante este periodo de tiempo, esta solo fue usada para satisfacer los intereses de la Unión Soviética.

Al final, ambas vertientes del socialismo terminaron con más elementos en común que en sus inicios. Esto se ve a modo de estrategia cuando el socialismo marxista de Stalin, evitando el enfrentamiento con Hitler, llegará a ponerse de acuerdo con el propio nacional-socialismo, firmando el pacto de no agresión Ribbentrop-Mólotov y con el que secretamente se repartirán la invasión de territorios en la Europa del este, lo que provocará después la II Guerra  Mundial, y en la que durante los dos primeros años la URSS de Stalin será el principal suministrador  de materias primas y de petróleo a la Alemania nacional-socialista de Hitler, evidentemente hasta que este se decidió invadirla.

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Firma del pacto de no agresión Ribbentrop-Mólotov

Lógicamente, la poderosa propaganda de la Komintern, al servicio de la Unión Soviética, siempre buscó deslindarse del fascismo, por lo que lo encajonó como extrema derecha, expulsada por herejía política porque competía y triunfaba peligrosamente en algunos países comiéndole el terreno al socialismo marxista. Mussolini siempre quiso militar en contra del capitalismo junto al resto de la izquierda, pero estos lo rechazaron. De hecho no es el único caso, los socialistas siempre han estado peleándose entre ellos, ya sea entre comunistas    y  anarquistas,      entre trotskistas   y   estalinistas, entre socialistas  y  socialdemócratas,   entre comunistas  y cristianos marxistas,  etc. A esto se le suma las peleas internas en los mismos partidos socialistas, por eso se dice que nadie ha matado más comunistas que los propios comunistas, Hitler no se queda atrás con la purga que le hizo a los “camisas pardas”. En fin, nada más mortífero ha habido en el mundo que el socialismo, solo que la propaganda iniciada desde la Komintern ha sido tan buena que hoy en día se condena sólo al nacional socialismo de Hitler y se mira con buenos ojos al comunismo, siendo que este ha matado diez veces más gente que aquél. Como bien decía Lenin: “la mentira es un arma revolucionaria”.

Nuevamente, volvamos al concepto de fascismo

Evidentemente, el vocablo “fascismo” podemos entenderlo de tres formas. 1° la forma oficial, la acuñada por los pensadores del partido (recordar que Mussolini no le dio todo el contenido doctrinal al fascismo, sino que lo elaboró con sus colaboradores entre los que destacan el filósofo Gentile, quien le dio al partido aquella particular naturaleza hegeliana), 2° la forma polémica, esa que repitieron sin descanso sus enemigos políticos, 3° la forma polítológica, aquella elaborada por los estudiosos. Esto lo explica bien Gonzalo Fernández de la Mora en España y el Fascismo usando el siguiente esquema:

Creo yo que convendría centrarse en la primera forma, en el Fascismo con mayúscula, como nombre propio. Para esto es necesario hacer uso de fuentes primarias como “Che cosa è il Fascismo” del mismísimo Gentile, “Dottrina del fascismo” de Bartollotto, “Origini e dottrina del Fascismo” de Evola, “Teoria generale dello Stato fascista” de Panunzio, etc. Recordar que hasta 1933 no había más fascismo que el italiano, hasta entonces nadie, excepto algunos inspirados por la Komintern, usaba la palabra “fascismo” como modelo político de aplicación general. Como ya vimos, recién cuando Hitler llega al poder es cuando se empiezan a hacer paralelismos entre ambos, pero, como hemos visto, lo que los une realmente es el socialismo nacionalista. Según atestigua el Marquéz de la Eliseda en Fascismo, catolicismo, monarquía, es en la España de 1935 cuando por primera vez los revolucionarios adjudican el epíteto “fascista” a los de derecha llamándose a sí mismos “antifascistas”. Luego de la guerra civil española, se dividen las potencias en dos bandos y se crea el Eje Roma-Berlín, ese fue el evento histórico que sirvió de trampolín al mal uso de la palabra “fascismo” con las democracias occidentales y los marxistas llamando fascistas a los nacionalistas españoles y a Alemania e Italia que se oponían a la hegemonía anglo-francesa. Así, en 1939, cuando se inicia la II Guerra Mundial, para los aliados y luego para los Rusos, fascismo se convierte en sinónimo de enemigo. Su poderosa propaganda satanizó esta palabra evitando usar el epíteto socialista ¿por qué? Porque dificultaba una agresión directa desde la izquierda mundial. Como escribe el trotskista Guerin en Fascisme et grand capital, el fascismo “es la palabra mágica que hace alzarse a los trabajadores contra el hitlerismo”. Años después esta palabra sirvió para ganarse a los demoliberales. Hoy en día funciona como un mero insulto usado por las más perversas e inmorales almas contra todo aquel que las contradiga.

Fascismo entendido de forma politológica

Con los estudiosos del tema aparece la cuestión epistemológica que intenta usar la palabra “fascismo” como categoría o de alguna otra forma que permita clasificar más ideologías políticas o instituciones que se puedan encuadrar dentro de un modelo de fascismo fascista general. Sobre esta forma de abarcar el término fascista hay muchísima bibliografía, lo malo es que en su mayoría son todos diferentes, a veces años luz de establecer los que, fieles a la tradición aristotélica, buscamos lo privativo, lo esencial, determinando el género próximo y la diferencia específica.

Según el esquema antes visto explicado de forma magnífica por Gonzalo Fernandez de la Mora, dentro de las definiciones genéricas se encuentran las politológicas, estas se dividen a su vez en tres grupos: primero, las categoriales, que se limitan a determinar el género a que pertenece el fascismo; segundo, las que, además, enumeran las notas accidentales que lo caracterizan; y tercero, las que explican el hecho por sus causas.

Definiciones categoriales: axiológicas, sociológicas y políticas.

Si nos aventuramos por las categoriales veremos que destacan tres clases, las axiológicas, las sociológicas y las políticas, según que traten de caracterizar al fascismo desde valores o desde géneros sociales o institucionales. Las definiciones axiológicas se basan en juicios de valor que se pueden dividir a su vez en tres tipos según si remiten a valores intelectuales, volitivos o afectivos. Destaca aquí el marxista heterodoxo Lucaks quien, remontándose hasta Shelling señala al nacionalsocialismo como una filosofía en la que culmina el irracionalismo alemán, por eso dirá en Die Zerstoerung der Vernunft «el irracionalismo encuentra, como concepción del mundo, su forma práctica adecuada en el hitlerismo». Aquí por fascismo se entendería la concepción irracionalista del mundo llevada a la práctica y convertida en sistema de gobierno. Cabe señalar que para Lucacks, el irracionalismo representa el mal metafísico.

Desde un punto de vista ético, Croce y Rauschning sostienen que el fascismo es una flaqueza, no tanto de la inteligencia cuanto de la voluntad, o sea una corrupción o anomalía moral. Estos también anatematizan al fascismo.

Los que apelan a valores afectivos, como son Reich y Fromm, sostienen que la represión sexual crea sumisión al autoritarismo, y, por eso, el fascismo nació de la burguesía y de los campesinos y no del proletariado industrial, que tiene «una más abierta actitud hacia la sexualidad». La obediencia al jefe, el nacionalismo, el racismo, el honor, o sea «los elementos fundamentales de la ideología nacionalsocialista dependen de la economía sexual». Concretamente, «la teoría racial del nacionalsocialismo es el miedo mortal a la sexualidad natural». Según Fromm, el fascismo es la mentalidad «sadomasoquista de amor al poderío y odio al deber», la cual funciona como los «síntomas neuróticos» y equivale a una «perversión patológica». Ambos convierten en fascistas potenciales a cuantos tienen una disciplina sexual o ambición de mando y sentido de la obediencia. Esto es claramente un exceso que nadie serio hoy en día podría sostener, incluso los que como yo son contrarios al fascismo.

Estos conceptos axiológicos de fascismo serían los más destacados de entre los que se le oponen, como su contraparte evidentemente destacarán los protagonistas: Gentile, Spirito o Rosenberg. Quienes defenderán al fascismo como propio del hombre superior, de la virtud heroica y del óptimo afectivo. Como podrá darse cuenta el lector, analizar el fascismo desde una perspectiva puramente axiológica no ayuda mucho.

Otra forma de definición categorial es la sociológica, más objetiva que la anterior. En esta, sobre a qué especie pertenece el fascismo se dan varias respuestas: a la sociedad de masas, a la sociedad capitalista y a la sociedad en desarrollo acelerado. Aquella que dice que pertenece a la sociedad de masas es muy ambigua. El hombre masa padecería, según esta respuesta, desarraigo, despersonalización, soledad, alienación e inseguridad. La sociedad de masas no está estructurada orgánicamente en familias, asociaciones, gremios, etc., sino que es amorfa. Es por eso que el hombre-masa tiende a entregarse a un jefe que le dé sentido existencial y solidaridad; y la sociedad de masas es dócil materia en manos de un líder. Por eso, el fascismo sería, como cree Lederer, la fórmula política propia de la sociedad de masas. Esta respuesta tampoco satisface a nadie serio ya que sociedades de masas las encontramos en Estados Unidos y la Unión Soviética, lo mismo en la democracia rusoniana, opuesta en todo al fascismo italiano. Aunque no está de más señalar que el producto de la democracia inorgánica también es factor desencadenante del modelo opuesto, el fascismo.

Una segunda definición sociológica es la adoptada por los marxistas: el fascismo es la forma que reviste la saciedad capitalista en su última fase. Como el capitalismo no puede sobrevivir con la democracia burguesa recurre a la dictadura, o sea el fascismo. Según Palme Dutt, el proceso es inevitable y en la etapa final del capitalismo no hay más salida que o el fascismo o el comunismo. Lo cierto es que la profesía de Marx está lejos de cumplirse, en lugar de una proletarización universal mas bien tenemos un aburguesamiento universal. Por otro lado, sociedades capitalistas como EEUU o Suiza no han desembocado en fascismo, además que el fascismo nació en una Italia subdesarrollada. Y para desterrar la idea, no podría ser así si en la misma constitución del fascismo está el socialismo anticapitalista nacionalista, la única diferencia con su hermano ruso es que no es un socialismo internacionalista y el capitalismo que ataca es preponderantemente el de los oligopolios, tal como se ha dicho antes. Esta respuesta responde evidentemente a la propaganda empezada desde el Komintern.

Una tercera forma de definición sociológica es aquella que considera al fascismo como la configuración política de una sociedad no colectivista en desarrollo acelerado, tal como lo sostiene Organsky, según el cual la rápida acumulación de capital, el alto rendimiento de las estructuras productivas y la óptima asignación de los recursos las logra el fascismo sin instaurar un sistema colectivista. Algo que se sí pasó en la Italia fascista, sin embargo, no se podría usar para otros sistemas como fue el nacional-socialismo alemán, su más cercano sistema de gobierno, ya que Hitler conquistó el poder en una nación ya fuertemente industrializada. Por otro lado ¿Cuántos países han logrado un desarrollo acelerado partiendo de un relativo atraso económico? Tenemos a Japón, España e Israel, difícilmente se les podría encasillar como fascistas por eso.

Tenemos una tercera clase de definiciones categoriales que son las políticas, que consideran al fascismo como un nuevo género de formas de gobierno, contrapuesto a la democracia, el totalitarismo. En esta postura destaca Carl Schmitt, luego reelaborado críticamente por los politólogos anglosajones. Javier Conde por su parte considera al Estado totalitario como el «modo de organización de la gran potencia en su plenitud», tesis contradicha por los Estados Unidos, y la caracterizó mediante las siguientes notas: «concentración del poder, partido único con monopolio absoluto en lo político, planeamiento racional de la econmía, activación permanente de las almas para mantenerlas en tensión apasionada, invasión por el Estado de regiones reservadas a la iniciativa individual y tendencia a convertir la realidad humana entera en pura función del Estado». Para Eriedrich y Brzezinski, consiste en una ideología oficial, un partido único jerarquizado y dirigido por un solo hombre, una política de terror, el monopolio de la información y de la fuerza, y una economía centralizada. La adición del «terror» excluiría del totalitarismo al fascismo italiano y a la mayoría de los regímenes supuestamente fascistas. Aunque esta forma de ver el fascismo es un poco más objetiva que las anteriores, sigue siendo insatisfactoria, según esta descripción tendríamos que incluir aquí como fascistas al nazismo, al bolchevismo, al maoísmo, al castrismo, etc. Por otro lado los regímenes autoritarios y no totalitarios quedarían excluidos del epíteto fascismo.

Definiciones enumerativas

Estas definiciones son de origen inductivo y se elaboran extrayendo el común denominador de los fenómenos concretos contemplados. Son conceptos integrados por una serie, más o menos concatenada, de caracteres.

Según Michel, el fascismo es un régimen que repudia la democracia, el individualismo, la sociedad liberal, el intelectualismo, el liberalismo económico y el socialismo marxista, mientras que afirma el nacionalismo, el racismo, el imperialismo, el poder autoritario y policíaco, el jefe providencial, el socialismo nacional, la economía corporativa, la autarquía y el arbitraje estatal de los conflictos laborales. Hayes enuncia los siguientes trazos específicos : racismo, aristocratismo, jefe carismático, totalitarismo, nacionalismo, socialismo, militarismo, utilitarismo económico y tendencia al uso de la fuerza, Según Schueddekopf, las notas distintivas son: oposición a las tendencias dominantes de la época, nacionalismo radical, antiindividualismo, socialismo, lucha de clases a nivel internacional, elitismo, militarismo, racismo, totalitarismo, caudillismo y uso de la violencia y del terror.

Nuevamente estamos frente a una respuesta insatisfactoria, tranquilamente podríamos poner aquí al régimen comunista y pasaría como fascista. Se confunden aquí nacionalismo, totalitarismo, planificación económica, elitismo, jefatura carismàtica, etc. Ninguna de las definiciones descriptivas resulta satisfactoria ni por su elaboración conceptual —ambigua y asistemática— ni por su adecuación a la realidad histórica, ni por su capacidad hermenéutica. Quizás por eso los esfuerzos de los intelectuales continúen concentrándose en el nivel anterior, el categorial.

Definición causal

La vía de la definición causal, o delimitación del objeto por sus causas varía sus resultados según se apele a causas estructurales o volitivas. La mayoría de estudios acuden al primer recurso, subrayando siempre la importancia de la circunstancia espaciotemporal, muchos como simple condicionamiento y algunos como factor desencadenante. Según Kuhn, las causas circunstanciales del fascismo son una sociedad muy industrializada, fuerte presión socialista y comunista, clases medias arruinadas y politizadas, alianza entre un partido único y las minorías tradicionales, expansionismo imperialista y robustecimiento del capitalismo. Sin embargo, este es solo el caso Alemán. Entre las causas ambientales del fascismo hay unanimidad respecto a dos: el talante postbélico y la recesión. Pero ambas circunstancias se dieron, por ejemplo, en la Inglaterra de la época, sin que por ello se desarrollara allí el fascismo. Y si esa mentalidad postbélica incluye la derrota militar, ¿por qué apareció el fascismo en Italia, nación vencedora? Más frustración y desmantelamiento que en 1918 sufrió la Alemania de 1945 y no brotó el fascismo. El método histórico- causal ilumina los antecedentes y explica ciertas reacciones; pero no desemboca en una definición.

Otros autores se enfocan en un protagonista, aquí las opiniones se dividen en dos grupos principales: el que atribuye la causalidad del fascismo al gran capital y el que lo atribuye a las clases medias.

La definición causal supercapitalista es la oficial del comunismo en la etapa inicial. La Internacional, de 1928, caracterizó al fascismo como «la dictadura terrorista del gran capital», o sea de «los banqueros y grandes industriales y terratenientes». Todavía en 1936, Guerin sostiene que «el fascismo es el producto específico del capitalismo más evolucionado, el de la industria pesada monopolística». Esto como ya hemos mencionado antes es totalmente falso, el intento desesperado de la izquierda internacional por librarse del fascismo. Hoy, la definición formulada por la Internacional carece de vigencia académica incluso en el área comunista y sólo sobrevive como ficción ocasional y polémica en operaciones de proselitismo elemental, es decir, entre los más burdos e ignorantes militantes de izquierda.

La definición causal generalmente aceptada es la de que el fascismo fue la obra de las clases medias. Los antecedentes de esta formulación se remontan, por lo menos, a 1930; Con esta postura destaca Lipset, quien sostiene que: «el fascismo constituye básicamente un movimiento de la clase media que representa una protesta contra el capitalismo y el socialismo, contra la gran empresa y los grandes sindicatos». Según el mismo autor, las estadísticas electorales demuestran que en Alemania «el votante nazi típico ideal de 1932 estaba constituido por un protestante, trabajador independiente de la clase media, que vivía en una granja o en una pequeña comunidad y que había votado anteriormente por un partido político centrista o regionalista». Otro pensado destacado aquí es De Felice, que respecto a Italia dirá que «la caracterización del fascismo como fundamentalmente pequeño o medio burgués encuentra prácticamente confirmación en todos los niveles». Como bien sabemos, tanto Mussolini como Hitler luego consiguieron el apoyo de los demás estratos sociales.

De ambas posturas que enfocan sus definiciones de forma causal, podemos ver que la primera, la marxista, no responde a la realidad, carece de validez empírica, es una mentira propagandística; la segunda en cambio, resuelve la incógnita muy bien pero ofrece también una solución incompleta y es que casi nunca las definiciones determinadas por sus causas logran dar una respuesta cabal. Tenemos por ejemplo a la Revolución Francesa que también fue obra de la burguesía y que, aunque ideológica, masiva, violenta y totalitaria, es completamente distinta a la revolución fascista. Lo mismo los estados demoliberales, completamente contrarios al fascismo, son productos de las clases medias.

Volvamos mejor a la definición individualizada

Como hemos podido ver, las definiciones genéricas son tan diversas y a veces tan contrarias y contradictorias entre ellas, que, incluso habiendo profundizado en la historia y en las ciencias sociales, no satisfacen en lo absoluto a la pregunta de qué es el fascismo como concepto general y como modelo socio-político transnacional. Las definiciones categoriales y causales o están desmentidas por los hechos o son insuficientes porque se detienen en el género próximo. Las definiciones enumerativas no pueden superar el obstáculo que representan las profundas diferencias entre los regímenes supuestamente fascistas. Algunas de estas definiciones podrán dar datos objetivos de lo que fue el fascismo italiano, pero son solo eso, datos más o menos objetivos que no podrían ser definiciones ya que son presentados como puntos de partida que requieren el complemento de otros caracteres específicos para diferenciar al fascismo de los demás regímenes.

Llegados a este punto, expongo un punto de vista muy personal del asunto, el cual puede ser ignorado si se quiere. Al momento de hablar de fascismo centrémonos en el Fascismo con mayúscula, es decir, el italiano, fuera del cual no existe otro fascismo como género sociopolítico. Incluso de cara al hitlerismo, con el que hay recíprocos mimetismos evidentes en cuanto a forma, en cuanto a contenido comparten el mismo socialismo nacional entre otros elementos, pero fascismo como tal es el italiano. Podríamos hablar de regímenes o incluso movimientos y partidos políticos de influencia fascista o mussoliniana, pero nada más. Las discrepancias y las contraposiciones entre los sistemas de los distintos países son tan nítidas y voluminosas que no es posible englobar un muestrario tan heterogéneo dentro de un concepto unitario. Quizá, como propone Gonzalo Fernandez de la Mora, sea mejor utilizar como género remoto, la trilogía totalitarismo-autoritarismo-democracia. “En el primer grupo estarían sistemas tan variados como el bolchevismo, el nazismo o el castrismo; en el segundo, el salazarismo, el peronismo o el nasserismo, y en el tercero, como la Inglaterra de Churchill, la Francia de De Gaulle o el México de Cárdenas.”

Si un amigo me preguntase qué es el fascismo, yo optaría por responderle destacando principalmente aquellos puntos ideológicos característicos que considero hay que tener muy en cuenta a la hora de juzgar un régimen con fundamento ideológico. Según lo que encontramos en la doctrina misma del partido Fascista italiano no es más que un régimen revolucionario, totalitarista, socialista, nacionalista y hegeliano (este último aspecto aportado por el filósofo Gentile) ¿Por qué destaco estos puntos? Porque soy católico y a mi parecer son los puntos esenciales que contradicen directamente con la doctrina social y política de la Iglesia. Puntos por lo que no podría jamás sentirme identificado con dicho régimen.

¿Cómo eran las relaciones Iglesia-estado en tiempos de Mussolini?

Es bueno recordar aquello que mencionamos al principio de este artículo, el ateísmo y anticlericalismo eran características muy marcadas en Mussollini. Ahora bien, esto no se limitó a algunas declaraciones o novelas, como bien señala el p. Alberto Royo Mejía, en 1919 propugnó la incautación de los bienes eclesiásticos. En 1921 y 1922 se dieron ataques a organizaciones católicas por parte de las escuadras fascistas. En 1923 asesinaron a golpes al sacerdote don Giovanni Minzoni por más que meses antes, en un discurso de Mussolini a miembros de su partido, este hacía ver el error de atacar frontalmente a los católicos, por la mala imagen que daba ante la opinión pública. En 1923, ya en el poder, Mussolini buscó congraciarse con la Iglesia ordenando volver a colgar los crucifijos en las aulas de los colegios, permitiendo capellanes en las milicias y organizaciones juveniles fascistas (capellanes simpatizantes evidentemente). En conversaciones entre representantes del gobierno y la secretaría de Estado del Vaticano se buscó una convivencia pacífica que con el paso de los años desembocaría a la firma en 1929 de los Pactos Lateranenses con algunos privilegios para la Iglesia como el libre actuar de la famosa Acción Católica, el reconocimiento de la Ciudad del Vaticano como Estado soberano y la regulación del matrimonio por parte de la Iglesia.

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Mussolini firma el Tratado de Letrán

Poco después de la firma por parte de Pío XI y Mussolini volvieron a aflorar los conflictos. Como bien sabemos, uno de los bienes no negociables, defendidos por la doctrina social y política de la Iglesia gira en torno a la educación de los hijos, violentado por las pretensiones monopolistas del régimen fascista que se oponían a las reivindicaciones de la Iglesia, confirmadas por Pio XI en la encíclica Divini illius magistri, publicada en 1929 seis meses después de la firma de los Pactos. Problemas similares saltaron con la creciente injerencia del régimen en toda la vida italiana con la creación de un clima artificial de exaltación de la violencia y de la guerra y, después de 1936, de la servil imitación del hitlerismo y de su racismo.

La Iglesia siempre combatió la concepción totalitaria de un “estado ético”, tal como lo podemos ver en el Syllabus de Pio IX, en donde es incompatible con la doctrina católica el que el estado se adjudique la autoridad de regular el comportamiento moral de los ciudadanos. Al Estado no le corresponde decidir lo que está bien o lo que está mal, en cambio sí tiene la obligación de buscar y promover el bien común y para eso, a veces, necesitará regular sobre el comportamiento de los ciudadanos, pero ese es su límite. La Iglesia, defendiendo su libertad frente al fascismo totalitarista, defendía los derechos naturales del hombre, la libertad del individuo y de la familia frente al Estado; esta doble perspectiva está casi siempre presente y yuxtapuesta en los documentos pontificios. Si estos bienes y derechos no se respetan, de nada sirve un estado confesional católico ya que la moral la regiría el estado y no la Iglesia.

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Es bueno señalar que, sobre todo durante la guerra de Etiopía, muchos miembros del clero se dejaron envolver por el entusiasmo nacionalista. Estos detalles que voy mencionando no eran del todo conocidas para el ciudadano de a pie, con los medios de información tan limitados en comparación con los que tenemos hoy a la mano, se conocía sólo lo más resaltante de estas tensiones estado-Iglesia, en 1931 por las amenazas contra la Acción Católica y en 1938-39 por las primeras aplicaciones de las leyes raciales que, prescindiendo de otros aspectos, violaban uno de los puntos del concordato. Es por eso que no es de extrañar ver fotos de clérigos, no solo italianos, con el famoso saludo romano usado por el régimen fascista (también por el hitlerista y el franquista, mimetismos que ya dijimos no son esenciales del fascismo). Al menos Pio XI, hombre lento en sus palabras y gestos, cauto en sus intervenciones largamente meditadas y firmísimo en sus resoluciones (todo lo contrario de Mussolini, tan dispuesto a las declaraciones precipitadas e inclinado al exhibicionismo como mudable en sus intenciones y en sus líneas de acción), trataba siempre de evitar cualquier rose innecesario con el régimen.  En este sentido, las riñas se atendían sobre todo a nivel diplomático, como las que acontecían entre abril y mayo de 1931 por el actuar político de la Acción Católica como del ex secretario del Partido Popular Italiano (suprimido entre otros por el régimen fascista), Alcide de Gasperi, arrestado por el fascismo en 1927 y liberado en 1929, quien luego fue empleado en la biblioteca vaticana. La polémica aumentó con un discurso pronunciado en Milán por el secretario del partido fascista Giuriati, al que el Papa replica explícitamente en una carta dirigida al cardenal Schuster, arzobispo de Milan.

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El 15 de mayo de ese mismo año, Pio XI promulgaba Quadragesimo anno reivindicando el papel de la Iglesia en cuestiones sociales y políticas, cosa que al régimen totalitarista no gustó nada. para finales de ese mismo mes, luego de una serie de atentados a los locales de los círculos católicos y contra sus integrantes, el gobierno determinó la disolución de las asociaciones de la juventud católica y de la federación de universitarios católicos (FUCI). El 4 de junio proclamaba el directorio del partido su respeto hacia la Iglesia, pero confirmaba sus acusaciones contra la Acción Católica. Pio XI, tras un ir y venir de notas, publicó e1 29 de junio la encíclica Non abbiamo bisogno, redactada por el mismo, en la que expresaba su gratitud a la jerarquía y al clero por la solidaridad demostrada en los meses anteriores, refutaba las acusaciones lanzadas desde la prensa y criticaba la concepción totalitaria del Estado, reafirmando los derechos naturales de la familia y los sobrenaturales de la Iglesia en materia de educación.

Aunque ya se le había amenazado de forma explícita a Mussolini con la condenación formal del fascismo, muchos cardenales se oponían a esta medida. Tras una serie de conversaciones entre el jefe del gobierno y el confidente del Papa, el jesuita P. Tacchi Venturi, se llegó en septiembre a un acuerdo que salvaba la existencia de los círculos de Acción Católica, aunque limitando su actividad al terreno estrictamente religioso y renunciando a una dirección centralizada de carácter nacional. Lo esencial quedaba asegurado y, superada la crisis, las relaciones entre la Iglesia y el gobierno fascista fueron distendidas hasta 1938.

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Otro momento duro que acrecentó las diferencias fue cuando el fascismo, servilmente influenciado por el hitlerismo, incorporó el antisemitismo. Con Paolo Orano, un escritor, conferenciante, diputado y periodista fascista, y la publicación de Gli Ebrei en abril de 1937, se inicia esta etapa en el fascismo. El 14 de julio de 1938 se publicó «El manifiesto de la raza», firmado por varios científicos, y el 6 de octubre el Gran Consejo del fascismo trazo las pautas de la legislación racial prohibiendo a los judíos el ejercicio de casi todas las profesiones, de poseer industrias con más de cien empleados, de asistir a escuelas no reservadas para ellos, de casarse con italianos de raza aria, etc. Esto último, que era promovido por el ala más radical del fascismo encabezado por Farinacci, violaba directamente el concordato. Muchos clérigos no hicieron más que hacerse de la vista gorda y pocos fueron los que, como el cardenal Schuster, antes defensor del régimen, denunciaron estos atropellos. Como señalé más arriba, esta actitud responde justamente al fenómeno de “falsa derecha”, con el “enemigo rojo” amenazando mejor no oponerse al que, aparentemente, se le opone: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Algo que en ese entonces señalaba la revista jesuita La Civiltà Cattolica apoyando la existencia del fascismo como un mal menor de cara a la Rusia comunista. Providencialmente el Papa Pio XI, intervino de la forma más decidida; desde su discurso del 1 de julio de 1938 a los alumnos de Propaganda Fide al del 24 de diciembre a los cardenales, Pio XI multiplico sus protestas generando las patanezcas amenazas de Mussolini “de hacer el desierto si el Papa sigue hablando”. El Papa envió notas diplomáticas y se dirigió directamente el 4 y el 5 de noviembre a Mussolini y al Rey, con la esperanza, al menos, de evitar la violación parcial del concordato. Pio XI y su secretario de Estado demostraron la mayor intransigencia, rechazando una fórmula de compromiso propuesta por el nuncio, que hubiese reducido al mínimo los casos de matrimonio no reconocidos por el Estado.

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Mussolini y Hitler

Pocos meses después fallecía Pio XI sin terminar una encíclica que condenaba directamente el hitlerismo. Tan tensas eran las relaciones que no faltaron quienes incluso sospechaban de un asesinato por parte del propio médico del Papa, Francesco Saverio Petacci, padre de la amante de Mussolini, Claretta Petacci, y amigo personal del Duce. Teorías que no pasaron de insinuaciones.

El nuevo Papa, Pio XII, continuó la política seguida por su predecesor de una total neutralidad sin concesiones en la defensa de los derechos naturales de las personas y los derechos de la Iglesia. Lamentablemente, por la complicación de la situación europea, no terminó la encíclica inconclusa de Pio XI. En su primera alocución el 3 de marzo de 1939, al día siguiente de ser elegido, habló contra el totalitarismo, hizo un llamamiento a la paz y condenó las acciones bélicas, buscando evitar que Italia participase de un conflicto armado, temas que volvió a tocar en su primera encíclica Summi Pontificatus. En abril de 1940 envió una carta autógrafa a Mussolini para que “ahorrase una calamidad tan grande al país”, refiriéndose a la guerra que había comenzado meses antes. Pero Pío XII se dio cuenta en seguida que sus esperanzas eran más bien vanas y mantuvo durante el conflicto una posición de neutralidad entre las partes, si bien condenando valientemente los ataques a la dignidad humana, y muy especialmente la persecución de los judíos, como bien la reconocieron sus contemporáneos y una cierta leyenda negra ha querido ocultar años después, aunque sin éxito.

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Mussolini y Eugenio María Giovanni Pacelli, luego Pio XII

A modo de conclusión

Si nos remitiéramos a los hechos históricos concretos, a las fuentes primarias sobre lo que es el Fascismo y a los documentos magisteriales que condenan los fundamentos esenciales sobre los que aquel fue fundado (entre los que destacan el nacionalismo, totalitarismo, socialismo, hegelianismo, etc), extenderíamos demasiado este artículo que de por sí ya es extenso para ser una simple respuesta. Solo me gustaría acotar lo siguiente, habiendo una vasta y riquísima doctrina social y política de la Iglesia, me resulta casi risible el empecinamiento de unos pocos católicos mal formados por presentar como compatibles el fascismo y el catolicismo con el fin de calmar su conciencia (los que aún no la tienen laxa) y poder así integrar sin remordimientos grupos de inspiración fascista. Por otro lado, esto no significa que vea a todo fascista como una suerte de enemigo a perseguir, ocurre como con toda persona o movimiento no católico, frente a un enemigo común es posible levantar alianzas estratégicas, pero estas alianzas no suponen disimulo o negación alguna de la doctrina milenaria de la Iglesia, todo lo contrario, será más fructífera la alianza en la medida que se conozcan las similitudes y diferencias de cada parte más allá de las diplomacias requeridas. Lo cierto es que el católico fiel no puede hacer otra cosa que buscar la instauración del Reinado Social de Cristo. Nada de caudillismos que luego terminan con la muerte del caudillo, los católicos fieles solo sabemos decir ¡Viva Cristo Rey!


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Samuel J. Soldevilla Burga

Estudió Filosofía y Sagrada Teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Derecho en la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Música en la Schola Cantorum del Seminario Santo Toribio, así como con profesores particulares especialistas en música sacra y canto gregoriano. Fundador y presidente de Traditio Invicta, a pesar de sus innumerables limitaciones, se desempeña como Director General del Área de Comunicaciones de dicha institución y purga sus pecados como profesor en la Schola Cantorum Traditio Invicta.

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