Los católicos sí juzgamos y juzgamos bien

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Lamentablemente son muchos los fieles católicos confundidos que, yendo en contra de la moral enseñada por la Iglesia, sostienen que juzgar siempre es malo.

Las únicas dos vías por las que un católico podría llegar a oponerse a lo enseñado por la Iglesia son ignorancia o perversidad. Si a esto le sumamos obstinación la dificultad para superar el error será casi invencible. Este artículo está dirigido a quienes de forma honesta y humilde reconocen que del tema saben poco, o nada, y desean superar su estado de ignorancia vencible por amor a la Verdad, que es Cristo, y a su única Iglesia, columna y baluarte de la Verdad (1 Tm 3, 15).

Confrontación Bíblica

Aquellos que sostienen que el juzgar es malo en sí mismo, cuando no son movidos por ideas preconcebidas o tópicos repetidos sin la más mínima reflexión racional, suelen fundamentarse en el primer versículo del capítulo 7 del Evangelio de San Mateo:«No juzguéis, para que no seáis juzgados

Hay que tener en consideración que “el sentir auténtico de las Sagradas Escrituras solo podemos conocerlo por la Iglesia, porque solo la Iglesia no puede errar en su interpretación[1].” Sabiendo que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz[2] y que incluso osó tentar a nuestro Señor Jesucristo tergiversando las Sagradas Escrituras[3], podemos ver el peligro latente de ir en contra de la misma voluntad divina cuando interpretamos la Palabra de Dios según nos venga en gana. Esto se intensifica cuando encontramos citas que aparentemente dicen lo contrario al «no juzguéis» como es el caso de Juan 7, 24 en donde leemos «juzgad con justo juicio» En ambos casos los verbos son imperativos ¿Es que acaso se contradice nuestro Señor Jesucristo?

San Agustín y el Diablo de Michael Pacher

Si leemos 1 Corintios 5,1-6 podremos leer cómo San Pablo, el Apóstol de los gentiles, no solo juzga la inmoralidad del acto, sino que manda a expulsar al inmoral de la comunidad para que no pervierta a los demás.

«Sólo se oye hablar de inmoralidad entre vosotros, y una inmoralidad tal, que no se da ni entre los gentiles, hasta el punto de que uno de vosotros vive con la mujer de su padre. Y ¡vosotros andáis tan hinchados! Y no habéis hecho más bien duelo para que fuera expulsado de entre vosotros el autor de semejante acción. Pues bien, yo por mi parte corporalmente ausente, pero presente en espíritu, he juzgado ya, como si me hallara presente, al que así obró: que en nombre del Señor Jesús, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de Jesús Señor nuestro, sea entregado ese individuo a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu se salve en el Día del Señor. ¡No es como para gloriaros! ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?»

Un poco más adelante, podemos leer en 1 Corintios 5,9-11 cómo el Apóstol manda enérgicamente a no juntarnos con aquellos que a pesar de ser cristianos son inmorales ¿Cómo podríamos determinar que son tales sin juzgar sus actos?

«Al escribiros en mi carta que no os relacionarais con los impuros, no me refería a los impuros de este mundo en general o a los avaros, a ladrones o idólatras. De ser así, tendríais que salir del mundo. ¡No!, os escribí que no os relacionarais con quien, llamándose hermano, es impuro, avaro, idólatra, ultrajador, borracho o ladrón. Con ésos ¡ni comer!»

En 1 Timoteo 5,20 incluso nos pide que los reprendamos en público para que los demás aprendan: «A los culpables, repréndeles delante de todos, para que los demás cobren temor.» Esto evidentemente en completa armonía con Mateo 18,15-17:

«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.»

Representación artística de San Pablo escribiendo su Epístolas, siglo XVI

En este mismo sentido podemos encontrar textos como I Juan 4, 1; I Tes. 5, 21; Hech. 17, 11; I Cor. 2, 15; etc. Entonces ¿Por qué en Mateo 7, 1 se nos dice que no juzguemos? En realidad no dice tal cosa, pongamos un ejemplo para ilustrar mejor el tema. Un padre de familia advierte a su hijo diciéndole que durante la noche no camine por la calle cuya iluminación está fallando, ya que corre el riesgo de caer en una excavación que están realizando. En este caso, de forma textual, el padre de familia ordena que no se camine ¿Eso significa que el hijo debe entender que el caminar es algo malo? Claro que no, lo malo es caminar por una calle en particular, el caminar además de ser bueno es algo necesario para la vida cotidiana, así entonces, si además del versículo primero leemos los otros cuatro que le siguen, podremos ver que lo que en verdad se condena es la hipocresía: «Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.» No se condena el juzgar, se condena el juzgar mal, esa es la razón por la que nuestro Señor en el versículo 24 del capítulo 7 del Evangelio según San Juan nos dice «juzgad con justo juicio», después de todo ¿Cómo podría estar mal algo que hacemos de forma más cotidiana incluso que el mismo caminar?

¿Qué es juzgar y cuándo lo hacemos?

Si atendemos a la raíz etimológica y a las diferentes nociones que nos presenta el diccionario, veremos que la palabra juzgar, que procede del latín iudicare, no significa otra cosa que formar opinión sobre algo o alguien, afirmar, previa la comparación de dos o más ideas, las relaciones que existen entre ellas. Por tanto ¿Cuándo juzgamos? Siempre, no hay día en que no juzguemos. Y en este proceso quisiera resaltar dos elementos importantes: el objeto del juicio y el criterio de juicio.

Ejemplo 1

Necesitamos comprar pan, debemos juzgar qué pan nos conviene. Aquí el objeto de juicio es el pan, es lo que hemos de juzgar. Si tomamos como criterio de juicio el que querramos pan para un desayuno lo más probable es que elijamos un tipo de pan de tamaño regular en el que podamos meter algún agregado. Pero si tomamos como criterio de juicio la necesidad de preparar bocaditos para una reunión breve juzgaremos oportuno comprar panes muy pequeños que se puedan ingerir en uno o dos bocados.

Ejemplo 2

Requerimos tomar una ducha, si tomamos como criterio de juicio el relajarnos quizá convenga una ducha caliente, por el contrario si lo que queremos es mantenernos despiertos quizá ayude más una ducha con agua fría.

Ejemplo 3

Deseamos adquirir ropa nueva, si es invierno lo más probable es que se juzgue oportuno comprar ropa gruesa para el frio, si es verano ropa ligera.

Ejemplo 4

Una familia ve conveniente comprar una nueva casa y mudarse a un nuevo vecindario. Dentro de sus posibilidades los papás juzgarán qué ambiente conviene más al desarrollo social, psicológico y moral de sus hijos. Nadie podría reprocharles el haber juzgado como peligroso un vecindario donde abunda la inmoralidad pública.

Así podríamos mostrar miles de ejemplos cotidianos más con el único fin de que quede claro que es imposible vivir sin levantar un juicio sobre algo partiendo de algún criterio. Aquella persona que cree que el juzgar siempre es malo no se da cuenta que por el solo hecho de pensar eso ya está emitiendo un juicio. Es más, en este preciso momento, el lector está juzgando si tengo o no tengo razón.

Lejos de sostener un absurdo tan evidente creyendo que juzgar es malo en sí mismo, el católico bien formado pide a Dios sabiduría para juzgar con justo juicio, tal como lo ordena nuestro Señor, haciendo suyas las palabras que encontramos en 1 Reyes 3, 9:

«Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal»

Juicio de Salomón, vitral de la iglesia de Saint-Gervais-Saint-Protais de París

La Iglesia nos enseña cómo juzgar

Es conveniente mencionar que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no fueron escritos en lengua española, de allí que el hebreo shapat aunque casi siempre se traduzca como juzgar, tal como lo vemos en Dt 16,18-20, se entenderá como “liberar” en el libro de jueces y como “gobernar” en el libro de Crónicas; lo mismo pasa en el Nuevo Testamento con la palabra griega Krinete, que es la que se usa en Mt 7, 1, o su derivado Anakrinetai que en 1 Cor 2,14 tiene más relación con el discernimiento o la separación de dos cosas. En nuestra lengua en cambio, juzgar no es sinónimo de liberar ni de gobernar, por eso la Iglesia, como madre y maestra, sabiendo que la mayoría de sus hijos no son versados en lenguas clásicas ni en hermenéutica bíblica para interpretar sin riesgo de error las Sagradas Escrituras, nos enseña cómo y cuándo juzgar.

Como ya se ha mencionado, entre los católicos, la única con autoridad para enseñar es la llamada Iglesia Docente, es decir, el Papa y los Obispos, y con dependencia de ellos, los demás sagrados Ministros, no la Iglesia Discente, es decir, todos los demás fieles. Solo la Iglesia Docente puede interpretar las Sagradas Escrituras sin riesgo de error.

Esto de enseñar a juzgar correctamente ha sido siempre preocupación de la Santa Madre Iglesia, por ejemplo, si tomamos el Catecismo Mayor de San Pio X, al momento de tratar sobre el octavo mandamiento «No dirás falso testimonio ni mentirás», nos dirá que este prohíbe atestiguar con falso juicio; prohíbe además la detracción o murmuración, la calumnia, la adulación, el juicio y sospecha temeraria y toda suerte de mentiras. Sobre el juicio y sospecha temeraria, que está en la pregunta N° 456, nos dice lo siguiente:

«Juicio o sospecha temeraria es un pecado que consiste en juzgar o sospechar mal de uno sin justo fundamento.»

¿De dónde sacamos este justo fundamento? Del mismo Catecismo de la Iglesia Católica, o mejor dicho, de todos los catecismos de la Iglesia Católica, ya que son varios. Así mismo, contamos con infinidad de manuales de moral católica redactados por prestigiosos autores católicos, obispos y sacerdotes. Lamentablemente la mayor parte de los miembros de la jerarquía eclesiástica actual no promueve este tipo de contenido, si a esto le sumamos el ambiente de relativismo filosófico y moral que impera en la sociedad no debe de extrañar la confusión e ignorancia tan extendida entre los fieles junto a un nefasto subjetivismo en donde cada uno hace lo que se e antoje.

Fuentes de moralidad: objeto, fin y circunstancias

De entre los múltiples elementos que se tocan al momento de hablar del juicio moral, destacan las llamadas fuentes de moralidad, que son los principios inmediatos de esta, elementos o factores que hay que examinar para poder juzgar si un acto humano es conforme u opuesto a la norma moral y en qué grado o medida. Estos elementos son tres: objeto, fin y circunstancias.

Como bien señala el famoso Royo Marín en su «Teología moral para seglares» podemos decir que «por el objeto de un acto entendemos aquello a que tiende por su propia naturaleza y constituye su aspecto moral primario (v.gr., la limosna tiende de suyo a socorrer al necesitado); por fin, el objetivo que el agente persigue al obrar; y por circunstancias, aquellos aspectos morales que se presentan como accesorios del aspecto primario (lugar, modo, medios empleados, etc.). Para poner un ejemplo concreto, imaginemos que un ladrón substrae del cepillo de una iglesia la cantidad que necesita para embriagarse en la taberna. El objeto de su acto de robo es la cantidad robada; el fin, la futura embriaguez; circunstancia que rodea al acto es el lugar sagrado donde comete su fechoría.” Esto también uno lo puede encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica, tercera parte, primera sección, capítulo primero, artículo cuarto: La moralidad de los actos humanos. Aquí se nos dice claramente:

«La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos

Santo Tomás de Aquino

El Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, respondiendo a la pregunta de si es lícito juzgar dirá:

«El juicio es lícito en tanto en cuanto es acto de justicia; (…) para que el juicio sea acto de justicia se requieren tres condiciones: primera, que proceda de una inclinación de justicia; segunda, que emane de la autoridad del que preside; y tercera, que sea pronunciado según la recta razón de la prudencia. Si faltare cualquiera de estas condiciones, el juicio será vicioso e ilícito. Así, en primer lugar, cuando es contrario a la rectitud de la justicia, se llama, de este modo, juicio vicioso o injusto. En segundo lugar, cuando el hombre juzga de cosas sobre las que no tiene autoridad, y entonces se denomina juicio usurpado. Y tercero, cuando falta la certeza racional, como cuando alguien juzga de las cosas que son dudosas u ocultas por algunas ligeras conjeturas, y en este caso se llama juicio suspicaz o temerario.[4]»

Sobre el versículo primero del capítulo 7 del Evangelio según san Mateo dirá:

«El Señor prohibe allí el juicio temerario, que trata sobre la intención del corazón u otras cosas inciertas, como explica Agustín en el libro De Serm. Dom. in monte. O prohibe el juicio sobre las cosas divinas, respecto de las cuales, por ser superiores a nosotros, no debemos juzgar, sino simplemente creerlas, según dice Hilario en Super Matth. O bien prohibe el juicio que no se hace por benevolencia, sino por rencor, como afirma el Crisóstomo.[5]»

Santo Tomás de Aquino de Bartolomé Esteban Murillo

San  Agustín

El santo obispo de Hipona y padre de la Iglesia, San Agustín, respecto al «No juzguéis, para que no seáis juzgados» de Mateo 7, 1 dirá:

«Supongo que este mandamiento no significa otra cosa que siempre debemos dar la mejor interpretación a las acciones cuya intención es dudosa. Pero en lo que se refiere a aquellas que no pueden realizarse con un buen propósito, como los adulterios, las blasfemias y similares, nos permite juzgar; en cuanto a acciones indiferentes [en sí mismas] que admiten buena o mala intención, es temerario juzgar, y especialmente hacerlo para condenar[6]»

En otro sermón, el santo presenta otro aspecto de la cuestión diciendo:

«En cuanto a esas cosas, entonces, que son conocidas para Dios, desconocidas para nosotros, juzgamos a nuestros prójimos a nuestro propio riesgo. De éstos el Señor ha dicho: ‘No juzguéis, para que no seáis juzgados’. Pero en cuanto a las cosas que son maldades abiertas y públicas, podemos y debemos juzgar y reprender, pero aun con caridad y amor, no odiando al hombre sino el pecado, detestando no al hombre vicioso sino el vicio, la enfermedad más que al hombre enfermo. Porque a menos que el adúltero público, ladrón, borracho habitual, traidor o soberbio sean juzgados y castigados, se cumplirá en ellos lo que el bienaventurado mártir Cipriano ha dicho: ‘El que tranquiliza a un pecador con palabras lisonjeras, le da el combustible para su pecado’[7]»

Un juicio privativo de Dios

Llegados a este punto es necesario dejar en claro cuál es nuestro objeto y la naturaleza del juicio que estamos tratando. Existen distintas clasificaciones y tipos de juicio (universales, particulares, singulares, afirmativos, negativos, categóricos, hipotéticos, disyuntivos, asertóricos, apodícticos y un largo etcétera), los juicios de los que hemos estado hablando hasta ahora son juicios realizados por la conciencia moral sobre los actos humanos, es decir, aquellos que se realizan de forma deliberada, algo que no pasa con los actos del hombre, actos que no son libres, como el latir del corazón por ejemplo ¿Por qué es importante esta aclaración? Porque sólo podremos emitir un juicio justo y lícito si el objeto es juzgable y si se encuentra dentro de nuestro alcance, esto tiene que ver directamente con la segunda condición señalada anteriormente por el Aquinate y con aquello que explica el obispo de Hipona, «no odiando al hombre sino el pecado» ¿Qué significa no odiar al hombre sino al pecado? Que el único que puede juzgar al hombre mismo es Dios ya que es el único que puede penetrar su conciencia.

Esto lo podemos encontrar en lo que dice la Gaudium et Spes N° 16:

«La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella» Y en otra parte dirá «Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. (…) Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.»

Esta es la razón por la que solo Dios podría juzgarla y no nosotros, es decir, más que un no debemos es un no podemos, escapa a nuestras posibilidades juzgar a las personas como tal, no tenemos acceso a ellas sólo a sus actos cuando son visibles. Si alguien nos preguntase, por ejemplo, por el destino del alma del terrorista Bin Laden no podríamos asegurar nada, es imposible saber si no se arrepintió en el último segundo de su vida (aunque esto sea poco probable es posible), lo que sí podemos juzgar como malos son sus sanguinarios actos.

El juicio final de Marten de Vos

Conclusión

Podemos concluir diciendo, entonces, que el juzgar es algo imposible de evitar, que el juicio moral no solo no es malo sino necesario para poder diferenciar el bien del mal, que la Iglesia se esmera en enseñarnos a juzgar bien para cumplir con el mandato divino de juzgar con juicio justo, que de entre los tipos de juicios podemos diferenciar, además del juicio moral, un juicio que es privativo de Dios: el juicio sobre las conciencias.

Seamos como la iglesia de Éfeso que se menciona en Apocalipsis 2, 2 a la que nuestro Señor felicita por haber juzgado y sacado de entre ellos a los falsos maestros; no vayamos a ser más bien como la iglesia de Pérgamo de Apocalipsis 2, 14 – 15 que es regañada por no haber hecho lo mismo. En la medida que sepamos juzgar mejor los actos humanos podremos alejarnos del vicio y acercarnos mejor a la virtud, es decir, a la santidad.


[1] N° 887 del Catecismo Mayor prescrito por el Papa San Pio X

[2] 2 Cor. 11, 14

[3] Mt. 4, 1-11

[4] S. T. II-IIae, 60, 2

[5] S. T. II-IIae, 60, 2, ad 1

[6] De Sermone Domini in Monte secundum Matthaeum, II, 18.

[7] Sermo 202 de Tempore.

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SOBRE EL AUTOR

Estudió Filosofía y Sagrada Teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Recibió formación jurídica en la Universidad Católica Sedes Sapientiae y formación musical en el Seminario Santo Toribio de Mogrovejo, así como con profesores particulares especialistas en música sacra y canto gregoriano. A pesar de sus innumerables limitaciones es presidente y fundador de Traditio Invicta.
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