El significado de la Santa Navidad según S.S. Pío XII

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Por Alonso Ayque. Durante la Segunda Guerra Mundial, los mensajes navideños del Sumo Pontífice fueron motivo de esperanza y fortaleza en todo el orbe cristiano.

Entre los desastres cruentos que más zozobra naturalmente causan al ser humano, se cuentan indiscutiblemente las guerras injustas, incluidas sus pérdidas humanas, económicas, y principalmente morales. Ante el vivo espíritu popular de desesperación durante la Segunda Guerra Mundial, el Romano Pontífice respondió con varios mensajes transmitidos por radio a los fieles de todo el mundo, con ocasión de cada Navidad que transcurría en tiempos de guerra. En estos, Su Santidad se explaya en torno a la importancia de esta cristocéntrica celebración como fuente de sabiduría y fortaleza para toda la Iglesia en tiempos de tribulación, explicando paternalmente su verdadero significado.

Esperanza sobrenatural


La estrella indicadora de la cuna del Redentor recién nacido desde hace veinte siglos (…) resplandece ante los pueblos incluso cuando sobre la tierra, como sobre un océano rugiente por la tempestad, se amontonan negros nubarrones, cargados de ruinas y de calamidades.

Radiomensaje de Navidad de 1941

Frente a toda calamidad que el mundo pueda presentarle, debe recordar el cristiano que su vista está puesta en la patria celestial. Así, contemplando la Cuna a la luz de la esperanzadora estrella del Oriente, recordará el destino que Dios tiene preparado para el Niño nacido de la Virgen y, con ello, el propósito que Dios ha escrito en su corazón: la propia salvación. Elevará sus ojos desde el Pesebre al templo, del templo a las calles, de las calles al Calvario y del Calvario a la Cruz. La vista del pequeño Redentor no es sino la vista de los infinitos méritos del sufrimiento que Él pasará para abrirnos las puertas del Cielo.

En este mismo radiomensaje (1941), Su Santidad exclama que el trono del cristiano en el cielo «será el Calvario; su ornamento no será el oro o la plata, sino la sangre de Cristo, sangre divina que hace veinte siglos corre por el mundo y tiñe de púrpura las mejillas de su Esposa, la Iglesia, y, purificando, consagrando, santificando, glorificando a sus hijos se convierte en luz del cielo». Por tanto, cuando el corazón cristiano observa con detenimiento el sacrificio cruento del Redentor, anunciado ya por la mirra a los pies del pesebre, encuentra que sus ojos terminan nuevamente admirados en el Cielo, felicidad eterna, fuente de toda esperanza, donde Cristo espera a sus discípulos tras su gloriosa Ascensión.

Consuelo infalible


Un cristiano, que se alimenta y vive de la fe en Cristo, con la certeza de que solo Él es el camino, la verdad y la vida, soporta su parte de los sufrimientos y las inquietudes del mundo en la natividad del Hijo de Dios, y encuentra ante el Niño recién nacido un consuelo y un apoyo desconocidos para el mundo.

Radiomensaje de Navidad de 1943

Si el Niño Dios trae esperanza a lo profundo de nuestra alma, es esta Verdad la que nos provee el único real consuelo en que puede descansar nuestro corazón. Aun cuando todos sus tesoros en este mundo se vieren destrozados, el cristiano siempre puede volver sus ojos al Redentor y encontrar un eterno motivo de alegría, fortaleza y confianza. Habiéndonos creado Dios para nuestra santificación, el hombre solo encuentra verdadera paz en el cumplimiento de Su voluntad, ya que ningún medio humano es capaz de elevar al hombre a la participación de una naturaleza superior: la divina. Sentencia, por tanto, Su Santidad que «si nuestros ojos no mirasen más allá de la materia y de la carne, apenas si podrían encontrar motivo alguno de consuelo» (1941).

S.S. Pío XII escribiendo a máquina un mensaje para ser difundido por radio.

Aquel quien sí provee a la humanidad una nueva y salvífica unión entre Creador y creatura no es sino aquel cuya gozosa Natividad se celebra cada Navidad. Este es «el día en que la cristiandad y la humanidad, ante el Pesebre, contemplando «la benignidad y humanidad de Dios nuestro Salvador», adquieren conciencia intima de la estrecha unión que Dios ha establecido entre ellas» (1944). Y así, en Cristo, el hombre encuentra satisfechos todos sus anhelos de Dios. Es Él quien le eleva de entre las tinieblas del pecado de los primeros padres hacia la amistad con el Eterno. Él, con sus infinitos méritos, será el benefactor de nuestro nacimiento hacia la verdadera Vida, constituyéndole nuevo Adán. Y la Virgen, en calidad de coredentora, se constituye nueva Eva. Así pues, en el pesebre, «el mundo infeliz, lacerado por la discordia, dividido por el egoísmo, envenenado por el odio, recibirá luz y amor y le será dado encaminarse, en cordial armonía, hacia un destino común, para hallar finalmente la curación de sus heridas en la paz de Cristo» (1944). Ante tal muestra de la misericordia divina, y la firme esperanza de dicha eterna en el paraíso, ¿cómo estar desconsolado?

Solución verdadera

El Verbo eterno, camino, verdad y vida, al nacer en la estrechez de una cueva y al realzar de esta manera y santificar la pobreza, daba así principio a su misión docente, salvadora y redentora (…), y pronunciaba y consagraba una palabra que aun hoy día es palabra de vida eterna, capaz de resolver los problemas más atormentadores, no resueltos e insolubles para quien pretenda resolverlos con criterios o medios efímeros y puramente humanos.

Radiomensaje de Navidad de 1942

En sus raíces, los infortunios y problemas que surgen en el devenir de la humanidad no provienen sino de los pecados de los hombre. La soberbia, pecado capital por antonomasia, es la razón primera de toda injusticia, necedad, orgullo y, por consecuente, toda miseria en el orden temporal, cuyo impacto en el hombre, creatura sensorial por naturaleza, deviene en las peores ruinas espirituales. Dado el origen espiritual de todo conflicto humano, toda solución netamente humana y natural no será sino de lamentable ineficacia, como lo evidencia el catótico panorama sociopolítico contemporáneo, propio de una época que ha rechazado de la manera más tajante a Dios y a su Santa Iglesia.

Por esto, el Santo Padre nos hace recordar, en calidad de pastor: «La estrella que guió el viaje de los reyes magos a Jesús brilla sobre vosotros.» (1943)

Y es que la auténtica respuesta a todo problema que nos pueda sorprender la encontraremos volviendo la mirada al pequeño Niño Dios en el pesebre. Él será el fundamento sobre el cual se instaurará toda real conquista y toda solución efectiva, tanto en la vida privada como la vida pública. Solamente el Verdadero Camino de Vida que en Cristo se encuentra podrá vencer todo pecado, solventando toda contienda. Incluso en la sombría vista de años de guerra mundial, S.S. Pío XII se atreve a proclamar: «El espíritu que emana de Él no ha perdido nada de su fuerza y ​​su poder restaurador sobra la humanidad caída. Triunfó un día sobre el paganismo prevaleciente. ¿Por qué no debería triunfar incluso hoy, cuando los dolores y las decepciones de todo tipo muestran a tantas almas la vanidad y las confusiones de los caminos que se han seguido hasta ahora en la vida pública y privada?» (1943)

Orden de las sociedades


¿En qué lugar podría esta noble y santa cruzada para la purificación y renovación de la sociedad tener consagración más expresiva y hallar estímulo más eficaz que en Belén, donde en el adorable misterio de la encarnación apareció el nuevo Adán?

Radiomensaje de Navidad de 1942
Entre tanta pobreza material, es fácil olvidarse de la crucial importancia de la realeza espiritual que Nuestro Señor posee incluso desde su bendita Natividad.

Siendo Cristo la única alternativa efectiva contra la natural miseria humana, es Él el único pilar que puede sostener y guiar nuestras naciones y sociedades. Un cuidadoso estudio de la escena de la Natividad, nos revelará que desde la humildad de Belén, el indefenso Rey de reyes se proclama ya monarca universal, y el primer lugar donde exige su trono es en el corazón de cada uno de sus fieles. Por este medio, conquistará innumerables almas y manifestará su reinado espiritual en todos los confines de la Tierra, para gloria suya y salvación nuestra.

Sin embargo, en estos tiempos, «nuestros ojos vuelan espontáneamente desde el esplendoroso Niño del portal al mundo que nos rodea, y la dolorida exclamación del Evangelista Juan sube a nuestros labios: «Lux in tenebris lucet et tenebrae eam non comprehenderunt »» (1944). He ahí la causa del caos en el mundo que el Romano Pontífice denunciaba con sentida tristeza hace no menos de 75 años: la negación de Nuestro Señor como dueño y soberano de pueblos y naciones.

Enseña vivamente S.S. Pío XII, pues, cuál es el deber restaurador, tan necesario en sus tiempos y los nuestros, al que nos llama el nacimiento del Salvador: «que sobre la cuna del nuevo ordenamiento de los pueblos resplandezca la estrella de Belén, anunciadora de un nuevo espíritu que mueva a cantar a los ángeles ‘Gloria in excelsis Deo’, y a proclamar ante todas las gentes, como don al fin otorgado por el cielo, ‘pax hominibus bonae voluntatis’ (Lc 2, 14)» (1941).

Nativitas Christi est…

Por tanto, la Natividad de Cristo es indudablemente el verdadero centro de una santa y auténtica Navidad. De todas las fiestas que celebran a Nuestro Señor, esta es «la gran fiesta del Hijo de Dios, que ha aparecido en nuestra carne, la fiesta en que el cielo se abaja basta la tierra con una inefable gracia» (1944). Como tal, es una inagotable fuente de esperanza sobrenatural en la persona de Cristo, nacido para nuestra redención y felicidad en la conformidad con la Voluntad Divina. Asimismo, no hay esperanza que no traiga consuelo, siendo la Natividad el consuelo infalible en que siempre pueden descansar nuestros corazones, encontrando en Cristo un perpetuo motivo de genuina alegría cristiana. De esta alegría y motivación se sirve el cristiano para servir a Cristo en el orden temporal, pues en él se encuentra la solución verdadera con que cortar al pecado, raíz de toda disputa mundana. Y en aquel servicio y militancia, instaurará todo fiel en Él un orgánico orden de las sociedades ad maiorem Dei Gloriam.


[1] Radiomensaje de Navidad de 1941, S.S. PÍO XII
[2] Radiomensaje de Navidad de 1942, S.S. PÍO XII
[3] Radiomensaje de Navidad de 1943, S.S. PÍO XII
[4] Radiomensaje de Navidad de 1944, S.S. PÍO XII


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